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El gran poder del perdón

perdón

Perdonar es necesario, el rencor puede llegar a convertirse en un veneno que se expande por toda el alma y el cuerpo, para convertirse después en enfermedad psicológica y somática.

Cuando no perdonamos estamos condenados a vivir una existencia llena de limitaciones y de dolor. Cuando perdonamos, nos otorgamos la posibilidad de una existencia libre, con capacidad para evolucionar hacia el amor.

El perdón es individual y es un proceso –no un acto- necesario para las personas (incluso para las sociedades). Una persona sin paz en su interior, está llena de tormento y dolor; una sociedad sin paz en el alma de cada uno de sus miembros, termina siendo caldo de cultivo para futuros odios, venganzas y cuentas por cobrar. Los peores tiranos surgen del resentimiento y el rencor es un tirano que puede habitar en nosotros y mantenernos esclavizados hasta la muerte.

Hablar de perdón no es fácil. El perdón no es una declaración de principios simplemente; de hecho, si así lo fuera, el rencor sería algo más bien raro entre las personas, de modo que las relaciones interpersonales serían mucho más fluidas y duraderas.

Perdonar es imperioso. Para perdonar es necesario que observemos la herida que se abre y sangra mientras vivimos. También, para perdonar es indispensable renunciar a la idea de que la persona herida requiere de cierta forma ser resarcida o retribuida positivamente, en compensación por el dolor que ha sufrido.

Hacer sanar una herida física suele ser bastante sencillo, sin embargo, las heridas que tienen que ver con nuestra alma -abandono, rechazo, humillación, traición o injusticia-, son heridas que permanecen en el tiempo y, pese a lo que se cree popularmente, el tiempo no siempre lo cura todo; acaso lo que hace es infectar la herida, que va supurando continuamente y con la cual nos acostumbramos a sobrevivir. En algunos casos, la herida puede ser tan profunda y el miedo y dolor a intervenir sobre esa herida tan paralizante, que toda nuestra existencia como persona sufriente se centra alrededor del dolor que sentimos y se eclipsa el resto de la realidad individual… Dejamos de vivir, Dejamos de sentir, de disfrutar; incluso negándonos el placer, porque ¿cómo se puede ser feliz con una herida tan profunda?

Perdonar es necesario. Pero es apenas el principio, no la solución. Al final, el perdón no es para quien en algún momento nos ha herido; el perdón, aun cuando digamos que perdonamos a tal o cual persona, es en realidad para nosotros mismos, que decidimos no seguir atados a esa situación que nos produce un desgaste y una fuga energética inútil.

Podemos crecer en muchos aspectos de nuestras vidas, pero mientras no perdonemos, tendremos algo en nosotros que nunca crecerá y, por otra parte, tendremos algo que se irá esparciendo en nuestro interior hasta enfermarnos de alguna manera.

El problema del perdón es que puede terminar siendo, tanto como la herida, doloroso. Nunca una cura física es inocua. En consecuencia, una cura espiritual, tampoco lo es. Perdonar requiere confrontarnos con nosotros mismos, y en algunas ocasiones confrontarnos con quien nos hiere. Sin embargo, el tiempo pasa y, en algún momento, esa persona que nos ha herido ya no se encuentra físicamente, de modo que no es posible confrontarla y, en consecuencia, solo nos queda vernos a nosotros mismos y renunciar: renunciar al dolor; renunciar a la necesidad de ser resarcidos. La necesidad, en algunos casos, de cobrarnos esa herida.

Al final, el perdón es la mejor solución a cualquier herida; y solo lo podemos conseguir por nosotros mismos. El perdón es el viaje de regreso del dolor, el retorno de la oscuridad del miedo y la vuelta segura al amor propio, y a la serenidad de una existencia consciente y responsable ante nosotros mismos. El perdón lo elegimos y lo trabajamos porque es un proceso. Y con el perdón, dejamos que el amor crezca y florezca en nuestras vidas como antídoto a cualquier enfermedad.

Daniel Rojas Salzano

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