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Agamia: una manera tan libre como desafiante de vivir las relaciones

La agamia es una forma de ir más allá de las relaciones basadas en el “gamos”. Unsplash.

Ni la relación de amantes ni el poliamor tienen por qué ser la manera más libre de vivir el afecto.

Arturo Torres (Psicólogo). Con el paso de las décadas y la expansión de las sociedades del bienestar, han aparecido nuevas maneras de amar. Si antes era prácticamente una obligación casarse con una persona del sexo opuesto y tener hijos (o dedicar la vida a un dios), hoy la creación de vínculos afectivos es mucho más libre.

El matrimonio homosexual, por ejemplo, hace que independientemente de la orientación sexual se tenga los mismos derechos a la hora de casarse, mientras que la opción de no tener pareja cada vez es más aceptada socialmente (si bien aún existe un cierto estigma sobre las mujeres solteras de cierta edad). Además, en los últimos años propuestas como el poliamor o la anarquía relacional han empezado a cuestionar la idea de amor romántico y pareja monógama tradicional.

Sin embargo, para algunas personas aún queda mucho por recorrer para lograr que la libertad en la vida afectiva sea algo realmente presente en nuestras sociedades. Es desde este tipo de posiciones de donde ha surgido el concepto de agamia, una idea tan revolucionaria como controvertida.

¿Qué es la agamia?

La agamia es, fundamentalmente, la ausencia de lo que es llamado gamos, que es una unión entre dos personas que tiene al matrimonio como punto de referencia. El noviazgo, por ejemplo, es un ejemplo de gamos, ya que culturalmente es visto como una antesala al casamiento, pero hay muchos otros casos similares.

Por ejemplo, la relación entre dos amantes, que formalmente no se consideran pareja, es también gamos, en la gran mayoría de los casos. ¿Por qué? Porque no pueden permanecer indiferentes ante la posibilidad de que uno mismo, o la otra persona, busque formalizar la relación, y aceptan esa posibilidad como algo normal, que debe condicionar su manera de comportarse frente al otro. A fin de cuentas, el sexo no es algo ajeno al gamos, sino que más bien es aquello que ha dado pie a su existencia.

Algo tan simple como fingir desinterés por la otra persona en casos puntuales, por ejemplo, suele ser una manera de intentar no dar la imagen de persona enamorada: el noviazgo y el matrimonio actúan como ruido de fondo frente a lo que hay que posicionarse.

Así, los defensores de la agamia acostumbran a criticar la idea del poliamor señalando que, a la práctica, es una manera de amar teniendo como punto de referencia la relación gámica tradicional. A fin de cuentas, se establecen todo tipo de nombres y etiquetas para definir cada una de las formas de poliamor según el grado en el que se parecen a la pareja monógama tradicional, señalando tipos de compromisos que solo tienen sentido si se han interiorizado las ideas basadas en el amor romántico.

El estándar relacional del matrimonio

Desde el punto de vista de los defensores de la agamia, nuestra manera de ver el amor está condicionada por el fuerte arraigo cultural del matrimonio como manera para regular la vida afectiva. Por ejemplo, cuando nos referimos al mundo de las emociones, la palabra “relación” nos habla de un vínculo amoroso típicamente basado en el amor romántico, del que el matrimonio siempre ha sido la máxima expresión.

Dicho de otro modo, se considera que tan solo hay una elección posible: o agamia, que es el rechazo de cualquier estándar relacional en lo afectivo (porque a la práctica todos se basan en lo mismo), o el gamos, en el que todo se mide en función de hasta qué punto un vínculo se parece a un noviazgo o a un matrimonio.

El amor, visto desde la perspectiva agámica

En la agamia, lo que consideramos normalmente como amor es visto tan solo un concepto que ha surgido a partir de la expansión de una manera de crear lazos afectivos muy concreta: el amor romántico vinculado al matrimonio. Desde esta perspectiva, nuestra percepción de la afectividad no es neutral ni inocente: se juzga a partir de un estándar relacional basado en los enlaces de tipo matrimonial.

Así, a partir de la existencia objetiva de los enlaces de tipo matrimonial, han aparecido una serie de normas sociales, esquemas de pensamiento y creencias que, sin darnos cuenta, condicionan nuestra manera de vivir la afectividad en todas las áreas de nuestras vidas, tanto en sociedades monógamas como en las polígamas.

El matrimonio, que históricamente ha sido una manera de perpetuar linajes (hasta hace no tanto, directamente comerciando con mujeres, por cierto), era vista como una necesidad material para subsistir, y a partir de este hecho aparecieron las ideas y las costumbres para justificar esta práctica psicológicamente. A partir del paso de las generaciones se fue interiorizando cada vez más la idea de que las relaciones afectivas son o matrimonio o sucedáneos de este, de modo que hoy día es difícil abandonar la referencia del gamos.

Una afectividad más libre

El concepto de la agamia llama la atención porque es tan simple como desafiante. Por un lado, para definirla tan solo basta con decir que es la ausencia de uniones inspiradas en el matrimonio y el noviazgo, pero por el otro, es complicado darse cuenta de en qué momentos están actuando esos esquemas mentales tan interiorizados, basados en el sexo y el enlace formal y regulado por reglas creadas colectivamente.

Quién sabe si, a medida que vamos teniendo acceso a vidas más cómodas y con menos necesidad de depender de la unidad familiar, la agamia se generaliza.

Arturo Torres. Licenciado en Sociología por la Universitat Autónoma de Barcelona. Graduado en Psicología por la Universitat de Barcelona. Posgrado en comunicación política y Máster en Psicología social.

psicologiaymente.net

 

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