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Comunicación asertiva en familia: La clave para evitar conflictos

Laura Fabré (Psicóloga). Hoy reflexionaremos sobre algunas de las dinámicas relacionales y comunicativas que se pueden establecer entre adultos de una misma familia (nuclear y/o extensa).

¿Qué puede pasar y cómo nos podemos sentir cuando no conseguimos relacionarnos de modo asertivo con algunos miembros de nuestra familia? ¿Qué pasa cuando frente a las demandas de los padres, hermanos, abuelos, suegros… tendemos a reaccionar de forma pasiva y no somos capaces de poner ciertos límites?

¿Cuál es el clima que se instaura en las familias cuando las comunicaciones y conductas tienden a ser de carácter agresivo?

Pues que, posiblemente, a consecuencia de la percepción de ineficacia en el trato con ellos, nos acabemos sintiendo dominados, manipulados, anulados, frustrados, enfadados, tristes, impotentes, rechazados… Y lo que es peor de todo, ¡es que entonces nosotros podríamos acabar haciendo lo mismo con ellos!

No es extraño que en algún momento de la vida, la mayoría de adultos hayamos podido sentir algún tipo de presión, imposición o coacción familiar (por más amorosas que puedan ser las intenciones y expectativas de ésta).

Algunas de las típicas coacciones familiares son: sentirse en la obligación de visitar parientes, tener que hacer llamadas telefónicas cada cierto tiempo, tener que aceptar visitas de parientes en los horarios que ellos decidan, tener que estar muy pendientes o disponibles gran parte del tiempo, privarse de tiempo personal o de intimidad a razón de las expectativas familiares, tener que personarse en un entierro para no decepcionar ni enfadar a algunos miembros de la familia, sentirse en la obligación de invitar a una fiesta a determinados parientes, justificarse por haber tomado -o no- determinadas decisiones, etc.

Lógicamente, es muy importante saber apreciar las diferencias existentes entre la capacidad de adaptarnos, flexibilizarnos, tolerar, ser empáticos hacia las necesidades de estos y ser capaces de ceder a favor de ellos en determinados momentos (habilidades y conductas altamente adaptativas y eficientes), versus las actitudes de sumisión, represión, imposición, intolerancia, exigencia y rigidez. A estas últimas son a las que nos referiremos a lo largo del artículo.

La célula familiar es la principal institución en la que se enseñan valores y actitudes, pero muchas veces puede ser también la institución donde se expresa y aprende la mayor hostilidad, inquietud, tensión, etc.

Pues bien, el tema es bastante delicado obviamente, e incluso tabú, pero en cualquier caso es importante que sepamos que ya en la etapa adulta, tenemos derecho a poner límites a aquellos miembros de la familia que piensen que les pertenecemos.

No estamos obligados a absorber muchos de sus problemas simplemente debido al parentesco sanguíneo o que tenemos derecho a no permitir que ellos sean quienes decidan cómo debemos regir nuestra vida, sólo por el hecho de ser familia nuestra.

De pequeños, como es evidente, no podemos automantenernos y nos tenemos que ajustar el programa trazado por los adultos que son responsables de nuestros cuidados básicos. Y en este sentido, transitamos por el camino de la obediencia, aprendiendo a aceptar nuestra realidad. No obstante, es posible que en el futuro y pese a ya ser adultos, la familia pueda conservar algunas de estas costumbres, residuo de la infancia. 

Y es aquí donde podrían aparecer problemas, porque si bien es cierto que entonces tenían sentido práctico, ahora pueden resultar costumbres no sólo molestas, sino graves vulneraciones a la libertad de la persona. En consecuencia, si se incuba resentimiento entre algunos miembros de la familia, se irá creando una dinámica tensa y postiza, y a la larga, los vínculos se pueden deteriorar, y en algunos casos incluso, pueden acabar rompiéndose.

Así pues, dentro del ámbito familiar (y también en otras esferas de la vida), es vital y clave que no cedamos al propio control emocional o de comportamiento a los demás y que no desarrollemos nuestra vida de acuerdo a sus mandatos.

En el ámbito familiar que es concretamente del que hablamos hoy, hay un matiz importante, y es que ser libres no significa rechazar las responsabilidades respecto a nuestros seres queridos y compañeros. Significa realmente, la libertad de escoger las opciones que tenemos al alcance para ser responsables. Recordemos siempre: ser libres y responsables al mismo tiempo, ¡sí es posible!

Las personas libres están dotadas del sentido de su paz interior: se niegan a dejarse desequilibrar por los caprichos de aquellos cercanos y son serenamente eficaces a la hora de regir su propia vida. ¡Y claro que son personas responsables! Es muy importante que no nos dejemos dominar en exceso por las interpretaciones de los demás respecto a lo que es la responsabilidad y que a pesar de las definiciones establecidas, disfrutamos de nuestra libertad.

Para vivir de la manera que preferimos, a veces es necesario ser un poco “rebeldes” y permitirnos revisar y cuestionar algunos mensajes o supuestos culturales que hemos internalizado de un sitio u otro. Así pues, para no sentirnos víctimas de los otros, ni de determinados supuestos ni normas culturales, debemos manifestarnos deseosos y encarados a intentar resolvernos nuestros propios problemas, al menos, inicialmente.

Después, ya valoraremos, pero sí es cierto que a menudo, uno debe mostrarse enérgico, y empoderado, para evitar convertirse en víctima. ¡A cada persona libre le corresponde decidir sobre la aceptación de las sugerencias de los demás y transformarlas en un comportamiento constructivo, caudal y satisfactorio hasta realizarse íntegro y personalmente!

Como individuos, tenemos el derecho a determinar la forma en la que queremos desarrollar nuestra vida. Y es que ya sabes que: “Nadie puede vivir tu vida, experimentar lo que tú experimentas, introducirse en tu cuerpo y tener las vivencias del mundo que tú tienes y tal como tú las tienes”.

Por lo tanto, y con el fin de intentar que las relaciones familiares sean lo más armónicas y satisfactorias posible, es importante que procuremos relacionarnos tan asertivamente como seamos capaces, a riesgo de decepcionarlos o enfadarles en algunas ocasiones.

Así pues, si algunos miembros de la familia se sienten heridos porque -de modo asertivo- hemos puesto ciertos límites, expresado claramente una incomodidad, rechazado una petición de ayuda o cambiado de opinión sobre alguna cuestión, pues lógicamente nos sabrá mal, pero nos tenemos que liberar de los sentimientos de culpa en tanto que no se ha producido ninguna vulneración de los derechos ajenos.

Como os podéis imaginar, el hecho de comportarnos asertivamente con los demás no es suficiente para que las relaciones fluyan sanas y satisfactorias, pero como decía una compañera, toda piedra hace pared. Vale la pena asumir la propia responsabilidad en las relaciones con el fin de gestionar y afrontar mejor las turbaciones que puedan generarse a partir de éstas.

Y es que a veces, tal vez deberíamos recordarnos entre todos el dicho: “Si me quieres, me tienes que querer por quién soy, no por lo que tú quieres que sea “. No se trata de convertirnos en insurrectos, pero si deseamos conseguir nuestra libertad personal, debemos anhelarla con mayor vehemencia que cualquier otra cosa.

Laura Fabré. Psicóloga sanitaria colegiada 18596. Licenciada en Psicología por la Universitat de Girona (UDG). Postgrado en Psicopatología Clínica por la Universidad de Barcelona (UB). Postgrado práctico en Psicología Clínica y de la Salud por la Universitat de Girona y el Consorci Hospitalari de Vic Máster en Psicología Legal y Forense (ISEP Formación)

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