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Meditar y Amar

TOMA UNA RESPIRACIÓN. Lo mismo para recuperar la calma en situaciones de fatiga o estrés, relajándonos unos minutos, como para replantearnos cualquier situación o decisión con una visión más clara, empezamos tomando una respiración profunda. Es sabida desde antiguo la estrecha relación entre la respiración y la mente, que se influencian y retroalimentan mutuamente. Así, cuando la respiración se aquieta y se torna profunda, del mismo modo disminuye la agitación mental. Se abre entonces una puerta a la meditación, la contemplación o la presencia completa en el ahora, con todos sus saludables beneficios. La terapeuta Dora Gil comenta sobre todo ello en primera persona, en este interesante artículo que compartimos hoy, en Macheblog.

Meditar no es algo que hacemos, es lo que somos

Descubrí la respiración muy joven y, saboreando la vitalidad que me invadía en cada aliento, fui adentrándome en un espacio inédito para mí. Aprendí que, en el silencio, era posible descansar del torbellino agitado de la superficie, de la locura de los pensamientos incesantes. Me asombraba sentirme resurgir renovada, llena de inspiración, real y viva como nunca había experimentado. Me sentía, en estos espacios de intimidad que me dedicaba, enamorada de mi propia energía vital y abierta a la vida. Hasta entonces, sólo el contacto con la naturaleza me había ofrecido tanta paz. Ahora, la encontraba aquí, muy cerca, muy dentro, accesible en cualquier momento. Eso que buscaba ansiosa en supuestas relaciones sentimentales que nunca funcionaban, surgía desde dentro con sólo atreverme a detener la loca carrera hacia otro sitio y saborear el delicado presente, siempre disponible para mí, en la intimidad de mi experiencia.

Seguí frecuentando este espacio y, aunque aún no sabía llamarlo “meditación”, se convirtió en mi refugio cotidiano. Aprendí a sostener mis desgarros emocionales con mi aliento y a permitirles transformarse con mi dedicada atención. Perdí el miedo a muchos pensamientos que antes me atormentaban y me notaba cada vez más ligera, mientras una sensación de seguridad empezaba a instalarse en mí.

Sin embargo, cada vez se hacía más hiriente la ruptura entre estos espacios y mi vida cotidiana, que percibía, a veces como un mundo inhóspito del que anhelaba escabullirme cuanto antes para volver a mi refugio meditativo, donde nadie me molestara.

Necesitaba la coherencia, la integridad por encima de todo. No quería seguir viviendo una existencia compartimentada entre unos momentos beatíficos y otros en los que parecía desaparecer esa bendición, para perderme en un mundo que me resultaba ajeno.

Mi búsqueda se centró durante años en encontrar modos de “vivir meditando” o “meditar viviendo”, en medio de cualquier experiencia cotidiana. Buscaba ardientemente cómo recordarme el estar presente. Me frustraba cuando me veía, de nuevo, perdida entre mis pensamientos, eludiendo circunstancias, evitando sentimientos, o bien reaccionando desmedidamente en cualquier escena familiar. Mi mente condenaba mi torpeza y, de nuevo, volvía a intentarlo con ahínco, prometiéndome una y otra vez, mantenerme presente, mientras me esmeraba en intensificar mi atención, mis prácticas, intentándolo todo para conseguirlo.

Era un honroso empeño, desde luego. Pero al ser dirigido por un personaje buscador que quería “estar siempre presente” y se frustraba por no conseguirlo, estaba destinado al fracaso. El pequeño hacedor, perseguidor de metas, que había querido manejar el proceso, acabó revelándose totalmente inoperante para ello. Y a esta comprensión me condujo el tremendo cansancio que suponía dejar en sus manos algo tan natural y verdadero.

Estoy agradecida por todo lo vivido en aquel período. Tal dedicación era lo más honesto y coherente a lo que yo tenía acceso por entonces. Necesitaba descansar y, sobre todo, comprender profundamente. 

Me di cuenta de que, desde el principio, lo que me había enamorado de la meditación no eran técnicas o métodos para conseguir un estado, sino una experiencia de profunda intimidad y apertura hacia el momento presente. En definitiva, lo que me cautivó fue esa actitud de amor hacia mi vida.  Ésta surgía de una consciencia más profunda, no de la reducida mente del pequeño yo, buscador de ratos de paz para aliviarse de su congénita tensión cotidiana.

Descubrir la meditación me había llenado tanto porque, por primera vez, había experimentado una atención íntima por cada detalle de mi experiencia presente. Todo era digno de ser sentido, respirado, abrazado. Cualquier sensación, emoción, percepción de mis sentidos… se tornaba relevante por el simple hecho de estar dándose en este instante. Independientemente de si me gustaba o no, era bienvenida, aceptada, penetrada por mi respiración íntimamente. Esta intimidad me cautivó. Era algo inédito, que brotaba de una fuente profunda que despertaba con fuerza.

Al mismo tiempo, todo lo que experimentaba tenía espacio en mí. Al no ser juzgado, todo era permitido en su ir y venir. Descubrí así la espaciosidad, esa amplitud que, al saberse real y profundamente estable, permite que las cosas o fenómenos cambien naturalmente en su seno. Cualquier sensación tenía espacio para desenvolverse y permiso para modificarse, procesarse o desaparecer. El espacio seguía allí, intacto, abierto y permisivo como el cielo. Radiante como el sol.

Tanto esa intimidad como la espaciosidad son cualidades esenciales de la consciencia. Como la luz solar, todo lo penetra de su calidez y, al mismo tiempo, todo es permitido en su desenvolvimiento. Y, si lo miramos bien, ¿no son también cualidades esenciales del verdadero amor? A pequeña escala, en el mundo de nuestras relaciones humanas, cuando alguien nos ama, nos encanta su interés íntimo por nuestros detalles, pero también anhelamos su capacidad para respetar nuestro espacio y dejarnos ser como somos. Lo valoramos porque en nuestra esencia, somos consciencia amorosa, íntima y espaciosa al mismo tiempo. Y no soportamos una limitación de esta naturaleza profunda. Por eso, en lugar de aferrarnos a una relación humana buscando unas migajas o reflejos de ella, necesitamos dejar que se exprese esta consciencia que somos, puro amor que acoge incondicionalmente cualquier dolor, llenando todo vacío de su presencia.

Comprendiéndolo así, meditar es la expresión natural de esa naturaleza íntima, abierta y amorosa que somos realmente. Y no puede reducirse a unos ratos de práctica en los que nos alejamos del mundo para hacer algo que nos permita estar “mejor”. No puede ser considerada una disciplina o una práctica artificiosa para conseguir espiritualizarnos. Ni una especie de remedio alternativo que nos libere, por fin, del sufrimiento. Considerar así la meditación, como lo hace el pequeño yo hacedor, supone una dolorosa reducción.

Es verdad que reconocernos como ese campo amplio y amoroso de la consciencia requiere (al menos así es para mí) espacios de silencio, muchos momentos de quietud… Los llamaría “citas de amor con la vida”, como cuando nos enamoramos y estamos deseando encontrarnos con quien amamos para retomar la sintonía y la conexión. 

Sin embargo, no hay distinción real entre esos espacios y lo que llamamos la vida cotidiana: cualquier momento, por muy insoportable que parezca, es una invitación a recuperar la amplitud, a intimar con nuestra experiencia presente, a abrazar el sufrimiento, a soltar todas las interpretaciones que la mente se formula. Llevemos la meditación a cada instante, sintámosla en el cuerpo, dejemos que se despierte ante ese rostro que nos irrita, en ese nudo en el estómago, en el contacto de este abrazo tan sentido, entre los sonidos del tráfico… 

Meditar es aceptar esa invitación a fundirnos con la existencia, a vivir plenamente desde el amor que somos. Esto no puede hacerlo el pequeño yo. Sus forzados intentos son sostenidos con ternura en el silencio de la consciencia. Enamorémonos de este silencio, íntimo y profundo, en el que todo es abrazado. Es lo que somos en esencia. Pura meditación.

Dora Gil
Terapeuta transpersonal
Autora del libro “Del hacer al ser”

holisticoonline.com

 

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